La vacuna de Gulubú

«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie» escribió Giuseppe Tomassi en la novela “El Gatopardo” en 1950 y tanto. Sin querer y sin haberse enterado nunca, dejó una expresión que se volvió mucho más famosa que su novela y que todo cuanto haya escrito, de lo cual confieso no conocer nada de nada. Pero ¿quién no se ha referido alguna vez al “gatopardismo” como actitud personal o corporativa? En el terreno político la expresión es de uso corriente y no por casualidad ni por haber caído en el lugar equivocado.

Tomassi recorrió las principales editoriales con su novela debajo del brazo y fracasó con total éxito en la intención de publicarla. Murió como todos y como a tantos la novela lo trascendió. Se publicó después de él, otros se llevaron las ganancias y no escuchó los elogios. Por lo menos no los escuchó acá. Lo cierto es que el gatopardismo se nos incorporó al lenguaje para nombrar algo tan viejo como el mundo.

Las idas y vueltas novelescas de la vacuna anti Covid, me trajeron el término a la memoria. En una carrera en círculo como la del perro que se persigue la cola, pasamos de la fase uno a la dos y volvemos de la tres a la uno sin que tengamos la mínima idea de qué significa todo eso. Miramos en vivo y en directo cómo se vacuna la hija del presidente Valdimir Putin para mostrar la eficiencia de su equipo científico y decir que para él bajó la bandera a cuadros al mismo tiempo que a Trump, nominado al premio Nobel de la paz por un sueco que parece tener más ganas de existir que de aportar, lo corren las encuestas para las próximas elecciones y la vacuna podría ser un buen aporte en la recta final contra los demócratas. “Mezclao con Stavisky van Don Bosco y La Mignon, Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín”, y tantos otros le diría hoy a Discépolo. El Cambalache no es monopolio del siglo XX por más “problemático y febril” que haya sido. En su vidriera irrespetuosa, si Luis Suárez va a ser compañero de equipo de Chiellini a quien mordió hace seis años tiene el mismo destaque que una segunda explosión en el puerto de Beirut, la búsqueda de personas torturadas y desaparecidas en alguna dictadura de por acá, el carnero gran campeón en la rural de El Prado o los millones para quienes el Covid no tiene ninguna importancia porque el hambre se encarga de quitársela. La nueva normalidad tiene poco de normal y nada de nuevo.

La novela de la vacuna tiene, a mi juicio, mucho de esa actitud gatopardista. No soy un militante anti vacuna ni tengo la menor autoridad científica para discutir el tema. Pero estoy muy lejos de dejarme ganar por la expectativa de que en ella está la solución a nuestros problemas, ni siquiera confío en que esté la solución contra este virus, hoy primus inter pares. Parece que como en la canción de María Elena Walsh, esperáramos al doctor que manejando el cuatrimotor, cure todas la brujerías del brujito de Gulubú con la vacunaluna luna lú. Pero parece que el mundo no funciona así. Es un poco más complejo. Y a la vez de una sencillez que a veces no nos conviene.

Todo ha cambiado, privatizamos la ceremonia del mate, no damos un abrazo, no nos reunimos para festejar ni para llorar, dejamos el consuelo para cuando pase la pandemia, satanizamos las pelotas de fútbol y las hamacas de los niños a las que sólo puede redimir el alcohol en gel con el que alguien está haciendo el buen negocio de cuidarnos. Nos vemos de media cara para arriba, nos tomamos la temperatura corporal siete veces por día y un estornudo puede transformar en un minuto al prójimo en potencial enemigo que debe mandarse al exilio. Son cambios dolorosos y totalmente epidérmicos. Incluso que los libros y los periódicos hayan sido también puestos en el índex de elementos casi satánicos me genera un escalofrío que perdura alimentado por el recuerdo de tiempos en los que la letra de una canción, un libro de poemas o algún otro portador de ideas, era de suyo delictivo. No lean, no trabajen juntos, no se abracen ni muestren afectos, aléjense de toda posibilidad de encuentro personal, zambúllanse en la plataforma de comunicación y esperen la vacuna.

Mientras tanto del origen de virus casi no se habla. De los desequilibrios ecológicos, sociales, alimenticios, que le dan fuerza, tampoco. De que las sociedades que más lo padecen son aquellas que han reducido los planes sociales y han aumentado la brecha entre quienes acceden y quienes no a los planes de salud, incluso al agua potable, tampoco se dice mucho. La "vacunaluna, lunalú": ésa es la solución que esperamos como el conejo de la galera.

¿No será la vacuna que cambiará todo, para que todo siga igual? Me quedo con la sospecha aunque como la vaca de Gulubú muchas veces no pueda decir ni mú