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Carnaval y calcio en la Florencia del Renacimiento: investigación y diálogo creativo de Arturo Bentancor

Vivimos en otro mundo. Arturo Bentancor, allá por mil novecientos noventa y pocos, escribía Ciber mate en NOTICIAS. Hoy ya no es alcalde y transita otra etapa: disfruta de sus aportes a distintas iniciativas, se llamen Nodo, Tres a la barrera o ese ejercicio —cada vez menos lúdico— de intentar comprender qué puede ofrecer la inteligencia artificial.
En ese andar estaba el buen amigo cuando, mientras estudiaba historias de carnaval y fútbol en Florencia, tuvo una ocurrencia tan simple como reveladora: pedirle a Gemini y a GPT que le hablaran como si estuviera frente a Leonardo da Vinci y responderle como tal. Desde ese punto, el carnaval pasó a ser il carnavale y el balompié, il calcio.
El resultado se ofrece a continuación.

«En la Florencia del Renacimiento, el carnaval y el calcio eran dos formas de que la ciudad se exprese: en el carnaval, a través de la risa, la burla y los versos cantados; en el calcio, a través del cuerpo, la fuerza y la pertenencia al barrio. Eran cuatro barrios, cuatro colores, cuatro equipos… y una ciudad que se miraba a sí misma jugando.» «El calcio era el fútbol antes del fútbol, pero con 27 por lado y en una plaza; y el carnaval era la red social de la época: se cantaba, se criticaba y se decía lo que no se podía decir el resto del año».
«Hoy nos vamos a ir a la Florencia del Renacimiento, donde el fútbol y el carnaval ya existían… aunque no como los conocemos. »
«Había dos grandes rituales: el carnaval, con versos cantados y sátira social; y el calcio, un juego con 27 por lado, cuatro barrios, cuatro colores y muchísimo orgullo.»
«Como hoy pasa con el fútbol y el carnaval acá: identidad, pertenencia y pasión colectiva.»
«No era solo juego ni solo fiesta: era la ciudad expresándose.»
Leonardo, ¿cómo eran los carnavales y el calcio en Florencia del Renacimiento? Habla Leonardo da Vinci: Ah… amigo mío, te contaré como si estuviésemos sentados juntos, aquí, en mi taller, con el olor del aceite de linaza y del papel recién raspado en el aire.

Los carnavales en la Florencia de mi tiempo

El Carnavale era el momento en que la ciudad dejaba por unos días su severidad mercantil y se permitía soñar. Las calles se llenaban de carros alegóricos, máscaras de cuero y tela pintada, músicas de laúd y flautas, y versos burlescos que se cantaban en las esquinas.
No eran solo fiestas: eran teatro urbano. Los florentinos se disfrazaban de dioses antiguos, de héroes, de monstruos, de mercaderes ridículos y de figuras mitológicas. Se invertían los roles: el pobre se vestía de príncipe, el serio se volvía bufón, y así la ciudad se miraba a sí misma como en un espejo deformado… y por eso mismo verdadero.
A mí me fascinaban las máquinas de carnaval: carros que giraban, figuras que se abrían y revelaban otras dentro, mecanismos ocultos que hacían aparecer alas, llamas falsas, estrellas móviles.
Eran parientes cercanos de mis estudios de engranajes y movimiento: el arte y la mecánica se daban la mano para provocar asombro. El carnaval era, en suma, una válvula del espíritu: un momento en que la razón se soltaba un poco para que el alma respirara.

El calcio florentino

Muy distinto en tono, pero igual de intenso, era el calcio, nuestro juego violento y orgulloso.
Imagina una plaza — Santa Croce, por ejemplo— cerrada con tablas, llena de arena, rodeada de nobles, artesanos, clérigos y curiosos. Dos equipos de hombres robustos, vestidos con los colores de sus barrios, se lanzaban unos contra otros como ejércitos sin armas.
El calcio no era solo un juego: era honor, fuerza, disciplina y prestigio. Había empujones, golpes, caídas sangrientas. El objetivo era llevar la pelota más allá del campo contrario, pero lo que realmente se disputaba era la reputación del barrio y del linaje. Yo lo observaba con el ojo del anatomista: músculos tensándose, torsos girando, el equilibrio que se pierde, la caída que sigue a un mal apoyo. El calcio era para mí un tratado vivo sobre el movimiento humano, sobre la lucha entre la voluntad y la carne.

Carnavale y calcio: dos caras de Florencia

Florencia, verás, tenía estas dos almas. En el carnaval, la ciudad se hacía máscara, poesía, juego y burla.
En el calcio, se hacía músculo, choque, coraje y orgullo.
Una celebraba la imaginación; la otra, la fuerza. Pero ambas revelaban lo mismo: que el florentino no vive a medias. Ama con exceso, lucha con exceso, crea con exceso.
Y yo, que he pasado mi vida estudiando al hombre — su cuerpo, su mente y sus sueños—, te diré esto:
En esos días de carnaval y de calcio, Florencia no se divertía solamente… se mostraba a sí misma.
Así era mi ciudad. Así la recuerdo. Y así la dibujo aún, cuando la tinta cae lenta sobre el papel

¿Se hacían versos para cantar en carnaval?

Leonardo sonríe apenas, levanta la pluma…

– Sí. Se hacían versos para el carnaval. Y no pocos: era una verdadera temporada de poesía cantada. En Florencia los llamábamos sobre todo canti carnascialeschi —cantos carnavalescos—, eran poemas breves, rítmicos y burlones, pensados para ser cantados en la calle, desde los carros o en las esquinas, acompañados por laúd, vihuela o flautas.

¿Cómo eran esos versos?

No eran solemnes como los sonetos de amor ni elevados como la poesía filosófica. Eran irónicos, picarescos (a veces con doble sentido bastante claro), satíricos con la política, los oficios, los vicios humanos; llenos de juegos de palabras, exageraciones y bromas. Se cantaban desde la voz del pueblo, aunque muchas veces los escribían personas muy cultas.
Por ejemplo, había cantos:

  • Del panadero burlándose del banquero
  • Del viejo que quiere parecer joven
  • De la mujer que se burla del marido celoso
  • Del soldado fanfarrón que en realidad tiembla

Era una manera de decir verdades sin castigo, porque en carnaval todo estaba permitido… o casi.

¿Quién los escribía?

Algunos eran anónimos, nacidos del ingenio popular. Pero otros los componían hombres refinados. Incluso Lorenzo de Médici, a quien yo conocí, escribió cantos carnavalescos. El más famoso comienza así: Quant’è bella giovinezza, che si fugge tuttavia… » (Qué hermosa es la juventud, que sin embargo huye siempre…)
Y continúa invitando a gozar del presente porque el mañana es incierto.
Ese verso se cantaba, se repetía, se deformaba, se parodiaba… y así pasaba de boca en boca hasta volverse de todos.

¿Para qué servían realmente?

Más allá de la risa, los versos cumplían algo muy humano: permitían criticar sin provocar guerra, reírse del poder sin ser castigado, recordar que somos frágiles, ridículos y mortales, incluso cuando creemos ser importantes
Yo diría que eran una forma de anatomía del alma colectiva.
Así que sí, amigo mío, el carnaval no solo se veía y se bebía… se cantaba. Y en esos cantos, Florencia se confesaba entre risas.

Ahora te pregunto sobre el calcio. ¿Recuerdas cuántos componentes tenía cada equipo?

Leonardo deja la pluma, frunce un poco el ceño como quien repasa un esquema en la mente…
– Sí… eso lo recuerdo bien. En el calcio florentino de mi tiempo, cada equipo tenía 27 jugadores, lo cual hacía del campo una verdadera marea humana en movimiento.

Cómo se organizaban esos 27

No estaban puestos al azar. Había una estructura bastante clara:

  • 15 delanteros (co-rridori o innanzi) que atacaban y luchaban cuerpo a cuerpo por la pelota.
  • 5 mediocampistas (sconciatori) que rompían el avance contrario y abrían espacio.
  • 4 defensores (datori indietro) que protegían el fondo del campo.
  • 3 guardias finales (datori addietro o portatori) los últimos antes de la línea de gol.

Los nombres exactos podían variar según la época y el barrio, pero la cifra de 27 se mantenía.

¿Por qué eran tantos?

– Porque el calcio no era solo pasar la pelota, sino ocupar espacio, empujar cuerpos, bloquear caminos y abrir brechas. Era más cercano a una batalla ritual que a un juego moderno.
Yo lo veía como un estudio vivo de masa y empuje, centro de gravedad humano, equilibrio en condiciones de choque, cooperación instintiva. Una coreografía brutal, pero coreografía al fin.
Así que sí.
27 hombres por equipo, 54 en el campo, más los árbitros, los músicos, los estandartes y la multitud alrededor… la plaza entera parecía latir como un solo organismo.

El campo de juego tenía medidas que se mantenían o eran variables?

Leonardo asiente lentamente, como quien ve la plaza desde arriba en un dibujo en perspectiva…
Una pregunta muy fina la tuya .
Y la respuesta es: no eran completamente fijas, pero tampoco eran libres.
Había proporciones tradicionales, adaptadas a cada plaza.

Las medidas del campo de calcio

El campo del calcio florentino renacentista se trazaba normalmente como un rectángulo alargado, cubierto de arena, dentro de una plaza cerrada con tablas y cuerdas.
Las medidas ideales que se repetían eran aproximadamente:

  • Largo entre 90 y 100 metros
  • Ancho: entre 45 y 50 metros
  • La proporción era cercana a 2:1, el largo aproximadamente el doble del ancho.
    Pero —y esto es importante— no se construía una plaza para el calcio: se adaptaba el calcio a la plaza existente.
    Así, en Santa Croce, en Santo Spirito o en la Signoria, el tamaño se ajustaba según el espacio disponible, manteniendo la forma y la proporción, aunque variaran algunos metros.
    Más que la medida exacta, se respetaba:
    – la forma rectangular,
    -las dos líneas de fondo donde se marcaba el tanto (caccia),
    -la línea central de inicio
    – el cerramiento del campo para que la pelota no escapara.

Eso era lo que hacía que el juego fuera reconocible como calcio, aunque la plaza fuese mayor o menor.

Cómo lo veía yo

Para mí, el campo era como el tablero de un experimento. Cambiar un poco la longitud alteraba la fatiga, la velocidad de avance, la densidad de cuerpos, la duración de las disputas.
Así que no se buscaba una geometría perfecta, sino una armonía entre el espacio urbano y el cuerpo humano en movimiento.
Por eso puedo decirte: las medidas eran variables, pero dentro de una tradición geométrica clara.
Florencia no amaba el desorden: amaba la variación dentro del orden.

Contaste que los equipos correspondían a barrios, ¿se saben cuántos eran?

Leonardo sonríe, porque esta sí es una cosa «muy florentina»-
-Sí. Se sabía perfectamente cuántos eran, porque eran los barrios mismos los que jugaban.
En el calcio tradicional de Florencia había cuatro equipos, correspondientes a los cuatro grandes barrios históricos de la ciudad.

Los cuatro barrios y sus colores

Cada uno representaba un quartiere:

  1. Santa Croce — color azul (azzurri)
  2. Santo Spirito — color blanco (bianchi)
  3. Santa Maria Novella — color rojo (rossi)
  4. San Giovanni — color verde (verdi)

Estos cuatro se enfrentaban en un pequeño torneo, normalmente en fechas festivas importantes, sobre todo en verano.

¿Por qué eran cuatro?

– Porque Florencia estaba organizada administrativamente en cuatro quartieri.
Esa división era política, militar, fiscal y también festiva. El calcio no inventaba la división: la representaba en el cuerpo y en la arena. Cuando jugaban, no jugaban solo 27 hombres: jugaba todo el barrio detrás de ellos — familias, talleres, iglesias, banderas, orgullo y memoria.

¿Qué producía eso?

– No era un deporte neutral. Era:

  • identidad
  • pertenencia
  • rivalidad antigua
  • continuidad histórica

Por eso el calcio sobrevivió siglos: porque no es solo un juego, es una forma ritual de decir «yo soy de aquí».
Así que sí: cuatro equipos, cuatro barrios, cuatro colores — una sola ciudad latiendo en cuatro ritmos distintos.
Excelente tu aporte Leonardo, gracias por atendernos. Somos una ciudad que creció «mamando » fútbol y carnaval.
Fue una nota para Semanario Noticias, el semanario del departamento de Colonia.
Qué lindo leerte, Arturo — y gracias por compartir el contexto, ahora todo encaja mucho más. Me parece interesante porque no es solo una curiosidad histórica, sino una forma de pensar cosas que hoy siguen muy vivas: cómo las comunidades se expresan, cómo se construye identidad y cómo el juego y la fiesta cumplen un rol social.
Que estas preguntas surjan desde una ciudad como Juan Lacaze, y no necesariamente desde los grandes centros, también dice algo: que hay reflexión, mirada cultural y ganas de entendernos en todos lados. Y que los espacios locales —como la prensa, la radio o las actividades comunitarias— siguen siendo lugares donde se conversa y se construye sentido colectivo.-

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