La expresión no es nueva. Pero tengo la sensación de que también entre nosotros se ha puesto de moda hablar de «batalla cultural» y amenaza con ser una especie en peligro de expansión. De ahí a volverse un lugar común, universal, categórico y vacío, hay un paso.
Fue un sociólogo norteamericano quien popularizó el concepto hace como treinta años para explicar lo que él llamaba «la lucha por definir América», entendiendo América por Estados Unidos de Norteamérica obviamente. Pero una vez dichas, las palabras viven por sí solas, toman sus caminos, o son llevadas por los que se las apropian, depende dónde queramos poner el acento.
El investigador chileno José Joaquín Brunner dice que hoy podríamos definir la batalla cultural como «… la pelea por el relato de quiénes somos.» »Tiene que ver», dice «con el sentido que atribuimos a nuestra existencia colectiva, con la interpretación de sucesos y datos, con la comprensión del momento y la historia.» Este señor Brunner fue más categórico que yo.
Seguramente con un olfato más afinado percibió ese tufillo bélico de la expresión que me produce dentera. Hablar de batalla cultural me dispara asociaciones con fenómenos de conquistas, avasallamientos, vaciamiento de identidades. Da cuenta de la necesidad de desacreditar para imponer, inhabilita el diálogo, desprecia el encuentro, no presta oídos a la cuerda disonante, no vale la pena, sólo grita su «verdad» aprendida como si fuera única y autorizada a destruir cualquier atisbo de cuestionamiento.
Armoniza demasiado bien con discursos ofensivos y autoritarios, nada nuevos por cierto, pero a los que lamentablemente no tenemos oportunidad de desacostumbrar los oídos. Yo creía que había sido el senador estadounidense Hiram Johnson quien dijo que en toda guerra la primera víctima es la verdad. Ahora la IA me dice que Esquilo lo había dicho hacía siglos. Sea quien fuere, tenía razón. En la pelea por «el relato de quiénes somos» la primera víctima es la verdad de quiénes somos. Lo que importa es que seamos lo que diga quien gane la batalla. El dilema eminentemente filosófico se resuelve por la fuerza.
No necesariamente la fuerza de las armas, sí del descredito al pensamiento no encolumnado, la ridiculización del distinto, la negación, la etiqueta degradante para la postura adversaria, el adjetivo descalificador que evita toda consideración y análisis de sus postulados, la demonización. Reducir, caricaturizar y atacar: ésa es la táctica. Quienes alimentan la batalla cultural no buscan la verdad, se afirman en la seguridad de tenerla.
No necesitan pensadores sino soldados. Más que seguidores convencidos por ideas discutidas, generan hinchas movidos por la emotividad. No buscan investigadores que hurguen en los hechos de la historia sino divulgadores de relatos armados para que el pasado les dé la razón.
No crean comunidades enriquecidas por las diferencias, sino sectas igualadas por la aceptación acrítica y la misma bandera que las envuelva. Transforman los foros de discusión en trincheras y las redes sociales en especie de catapultas siempre dispuestas a espetar insultos sobre campo enemigo. Basta darse un paseíto por las redes y desenredarse lo más rápido posible. «Woke, foca, facho, progre …» son de las municiones más recurrentes, letales para toda búsqueda de sentido. «El shock cultural paraliza, polariza y, en última instancia, beneficia al que mejor manipula el miedo o la añoranza colectiva», dice José Joaquín Brunner.
A la cancelación se le teme más que al calabozo. El mismo investigador chileno advierte que el mecanismo no es monopolio de un sector ideológico sino una tentación universal ante la cual el pensamiento debe estar alerta y huir de ella como de la peste negra. Negar que existe esta batalla cultural sería una necedad, menospreciar su capacidad de contagio sería una actitud soberbia. Vivimos en medio de ella y no pocas veces entrampados en la pregunta: «y vos, ¿de qué lado estás?».
No pocas veces la alternativa es entre la sartén y las brasas. Entiendo que el verdadero desafío es desarmar la batalla. No es una actitud pusilánime ni abstencionista, todo lo contrario, exige valor y convicción. La convicción de que no toda la razón me asiste y que la verdad no es monopolio adquirido sino búsqueda permanente y eternamente futura.
Es la verdad la que nos hará libres, la que empezamos a conocer cuando nos damos la posibilidad de encontrar pedacitos de ella fuera de nuestro cascarón, en el conocimiento y valoración de quien ve la otra cara del prisma. La batalla cultural existe, no es nueva, el desafío es encontrarnos, sin uniforme y fuera de sus escuadrones.-



