Lo recuerdo por imposible. El 5 de setiembre de 1993, en el estadio de River Plate, en Buenos Aires, la selección de fútbol de Colombia le ganó 5 a 0 a la de Argentina que venía invicta y coleccionando títulos. La historia siguió otro rumbo, pero aquello nunca se había visto y no ha vuelto a verse.
Pero lo realmente memorable me lo contó el amigo colombiano Jairo Roa esta mañana. Los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército nacional en Colombia sumaban a las estadísticas varios muertos todos los días. Al acercarse el partido, hubo insólitas instancias de acuerdo en perdidos pueblitos rurales. En uno de ellos, negociadores de ambos bandos lograron un alto al fuego y acordaron dónde verían el partido. Los aparatos de televisión eran escasos, había en algunos lugares públicos, pequeñas tiendas o casetas comunales. El encuentro de los enemigos sería inevitable. No habría guerra ese día. El armisticio se cumplió con el valor de la palabra dada.
Miraron el partido, aplaudieron y se abrazaron sin distinción de causa en cada gol. A medida que lo imposible se volvía real, se pagaron mutuamente las copas, se emborracharon por mayoría absoluta, cantaron, bailaron y se dieron la mano sin importarles la facha. Por esa tarde se olvidó que cada uno es cada cual. Jairo seguía entusiasmado hablándome de Michel Foucault, su pasión, y el concepto de la heterotopía; esos espacios reales y físicos en los que quedan suspendidas, o invertidas, las reglas de la sociedad.
Pensé en la descripción de Joan Manuel Serrat de la Fiesta de San Juan o en la versión más genuina del carnaval. En la víspera de Navidad de 1914 se produjo en la frontera de Francia y Bélgica «la tregua de Navidad» en la Primera Guerra Mundial. Los relatos hablan de saludos entre soldados enemigos, algún tabaco compartido o una barra de chocolate recibida de sus familias. Se dice que hubo cantos navideños que desafiaron las fronteras de los idiomas. Apareció una pelota de fútbol. Ocurrió lo que no podía ocurrir. Se le llamó Tierra de Nadie. Era la tierra que pisaban todos los días. Me dio por pensar que en esa heterotopía anida la esperanza y me vino a la memoria la respuesta de Jesús a quienes le preguntaban por la venida del Reino de Dios: «está entre ustedes».
Nuestra hija nos cuenta que en Tel Aviv hay gente que pasea su perro en la calle, niños que juegan, cafés que se llenan, una señora que comparte con los vecinos en el refugio antiaéreo la torta que tuvo que sacar del horno porque sonó la alarma de ataque. Es necesario vivir. Van a almorzar con los abuelos, no viven lejos y esperan que no pase nada en el camino. Calcula cuánto le va a durar la yerba que llevó en su última venida y que tendrá que llevar más en la próxima. Al despedirse nos recuerda que «basta al día su propio afán» y de su cosecha agrega «si no, te enloquecés».
Loami nos escribe desde La Habana. Es el primer encuentro con su familia en dos años. En la iglesia cantan, se ríen, su mamá levanta un cartel en el que está escrito un texto de la carta del apóstol Pablo a los Filipenses: «regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: regocijaos.» Y me dice todavía: «con énfasis en siempre». No puedo menos que agradecer semejante testimonio.
La utopía es por definición el lugar que no es. Sirve de inspiración, de horizonte, puede ser la estrella que guía al navegante, pero es inalcanzable. La heterotopía es ese lugar que pisamos pero se vuelve otro porque lo vivimos de otra manera, el que está aquí, entre nosotros.
La retórica de la guerra, con patética, altisonante y ridícula soberbia, trata de esconder su eterno fracaso como si el sol se tapara con un dedo. Demenciales discursos que se piensan novedosos repitiendo las mismas falsedades, fabrican muertos e inventan héroes. Es necesario pensar fuera de su lógica tramposa e inconducente.
Una señora que reparte su torta a medio cocinar entre los vecinos es nada frente a un submarino que hunde buques de guerra, derriba aviones y mata a cientos en segundos. Él repetirá, cada vez más fuerte, su ejercicio de muerte.
No sabe hacer otra cosa. El pedazo de torta puede cambiar la historia, crear ese «otro lugar», ser muestra de lo que está entre nosotros, hacer de la tierra de nadie la tierra de todos.



