Me encanta ver a los niños jugar, oír sus gritos y risas de alegría, y también sentarme a conversar con alguno. A la inversa, no hay cosa que más revuelve el alma que oír su grito o llanto de dolor, y cómo me duele cuando se pelean, se pegan y se gritan insultos y obscenidades. Parece que en el niño encontramos lo más bello y también el extremo opuesto.
Por algo es que descubrimos ejemplos de ambos lados de la balanza en la Biblia. Cuenta de niños que se burlaban y tiraban cosas a un anciano que pasaba. Se les describe como cambiantes y prontos para dividirse en grupitos rivales. Incluso Jesús habló de algunos muy opacados, desganados; que para nada respondían a sus compañeros que los invitaban a jugar y a cantar. Hoy también preocupa los muchos que sufren de depresión.
Descubrimos en la Biblia que los niños son muy vulnerables, expuestos a las acciones de sus mayores, sean malos tratos o los efectos brutales de las guerras. Jesús advirtió del severo juicio que le espera al adulto que hace extraviar a un niño, sea en su conducta o en su comprensión de la verdad y el error. Quien lo hace, dijo, «¡sería mejor no haber nacido!» Muy enfáticamente dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí. No se lo impidan.»
Pero conocemos bien la ocasión cuando Jesús dijo que debemos imitarlos, «porque el reino de Dios es de los que son como ellos». Usó a los niños como modelo de sencillez y humildad cuando sus discípulos se competían para ser el más importante.
¿Cómo te ve Dios, como niño que se le acerca reconociendo sus pecados para recibir su abrazo de perdón, o como el orgulloso que se justifica y se distancia de su amor?




