Juan Lacaze. Crónica de cercanía
Un kiosco de Villa Pancha vendió una Tómbola premiada con $1.214.414. La persona favorecida vive en el centro y su identidad permanece en reserva.
Una Tómbola o un 5 de Oro que ayuden a calmar las preocupaciones del presente —o permitan mirar el futuro con mayor tranquilidad— forman parte del sueño de mucha gente.
Esta vez, la suerte se detuvo en Juan Lacaze. El kiosco de La Suu vendió una Tómbola bien gordita, de $1.214.414, para alegría de un vecino del departamento.
La Suu es Susana Stemphelet, es propietaria del tradicional negocio ubicado en calle 20 esquina 26, sobre el Camino a La Balsa. El comercio fue parada del urbano desde los comienzos de la línea, cuando el servicio todavía estaba a cargo de Codet.
A Susana y a mí nos separaban apenas dos cuadras. En mi Villa Pancha eso quiere decir que vivíamos a la vuelta.
Los fines de semana de mi infancia transcurrían en la casa del abuelo Guerrero. Solo la escuela me apartaba de aquel lugar donde construíamos el mundo o destruíamos los nervios de la abuela Juanita. Iba al comercio de los padres de Susana y hacía camarilla con todos los hermanos.
A lo largo del camino, de diferentes maneras, siempre nos seguimos los pasos. Son esos compañeros de ruta que, cada tanto, aparecen para mostrarnos de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Susana y sus hermanos crecieron bajo la mirada atenta de “los viejos”. Como se decía entonces, ellos debían ser gente honesta y de trabajo. Cumplieron los objetivos paternos: continuaron vinculados al comercio y hasta una nieta siguió el mismo rumbo.
“Te veo, sé quién sos”
Villa Pancha es mi cuna. Allí las historias de vida se intercambiaban con la misma naturalidad con que se respira.
Ya adulta me radiqué en el Charrúa y, por razones de trabajo, trabé relación con pocos vecinos. Sin embargo, cada uno fue tan gentil como quienes habitaban mi pequeño solar infantil. Aunque Susana y yo quedamos “a tres arroyos de distancia”, seguimos encontrándonos.
Ella pasaba por las oficinas de NOTICIAS. Casi nunca la veía porque se reunía con mis compañeros los viernes, justamente cuando yo no estaba en el local. En la perspectiva del tiempo, alcanza con cruzarse una vez para sentirse “inmensamente rico”, por aquello de abrazar los recuerdos más tiernos.
Es sencilla esa manera de reconocernos. Si le alcanzo a Wilma un paquete de diarios viejos, ella me devuelve el gesto con una torta frita casera. Con María “ligo” una tarta de zapallitos.
No importa cuánto vale una cosa o la otra. Ese intercambio dice algo más profundo: “Te veo, sé quién sos”.
Está muy presente en mi memoria doña Antonia, madre de Raquel y abuela de Virginia. Preparaba pastel de pescado y, por encima del alambrado, hacía llegar aquella delicia que saboreábamos como si fuera la última comida de un condenado.
El plato regresaba, pero nunca vacío. Llevaba una porción generosa de aquel pastel de crema o de natilla que preparaba mi madre, cuidando cada repulgue.
Don Herrera traía ciruelas y se llevaba limones y uvas de la casa de mi madre. Esas fueron épocas de gente que valoraba el trabajo del otro, pero nunca en cobre. Todavía hoy, entre quienes peinamos canas, se conserva la alegría de haber sido hijos de gente buena y de recordarlo no solo con palabras, sino también con hechos.
En aquel barrio no había sellos ni personas “acomodadas”. Aprendimos desde la panza cuál era el destino del hijo de obrero, pero también que la vida podía disfrutarse compartiendo sus dones, celebrando sencillamente cada día.
Un lugar donde la gente conversa
¿Me fui por las ramas?
No tanto. Trato de explicar que en el kiosco de La Suu, como en otros puntos de los barrios de mi Departamento, siguen pasando cosas simples. La gente llega, conversa, cuenta lo suyo, deja una jugada y continúa su camino.
El local recibe vecinos de Villa Pancha y del centro de Juan Lacaze, pero también personas que pasan desde Barrio Libertad, Santa Ana, Artilleros, Tarariras, Miguelete, La Paz y Colonia.
Y aunque usted no lo pueda creer, recibe encargos de jugadas de personas vinculadas con San José y residentes en países como Suecia y Ecuador.
Susana se dedica exclusivamente a los juegos administrados por La Banca. Nunca incorporó cigarrillos, caramelos u otros productos. Quienes concurren valoran la rapidez y, especialmente, la discreción.
El ganador en esta oportunidad, no juega allí todos los días. Vive en el centro y concurre cuando trabaja en las proximidades de la tradicional esquina. Susana preservó su identidad, como corresponde, y tampoco conserva el detalle de los siete números elegidos.
Pero comparte su alegría.
Porque en los barrios donde las personas todavía se reconocen, la buena suerte del otro también se festeja.
Silvia Rodríguez Guerrero



