Imaginen la locura que representa que la gente se entregue a juegos complicados que en nada aumentan el consumo.
— Aldous Huxley, Un mundo feliz
Yo estaba totalmente ocupado en hacer nada. Fue por eso que además de mirar, lo vi.
Venía a todo galope subiendo de la arena que bordea ese recodo del río Yi. Cuando llegó a una suerte de placita con juegos, su caballo se transformó en una garrocha con la que saltó para acá y para allá la barandita que la delimitaba. No precisaba más de cuarenta centímetros para ser campeón olímpico ni aplausos para saberse ganador. La garrocha devino escopeta con la que probó puntería en blancos imaginarios y de ahí en jabalina que quedó tirada todo lo lejos que le dio la fuerza. Volvió a ser un palo de escoba hasta que él mismo, u otro prestidigitador volviera a invitarlo a otro juego. Trepó a un tobogán, se deslizó boca abajo, dio una vuelta carnero en la tierra, se sacudió las hojas de eucaliptos que alcanzaba a ver y otras quedaron decorándole la espalda y sacudiéndose como si fueran flecos mientras corría hasta el pasamanos que lo esperaba como próximo destino.
Le calculé 3 años, ojitos que brillaban con hambre de tragarse el mundo, lomito color café, energía e imaginación para contagiar generosamente.
La voz de soprano sonó en un falsete ensayado para mostrar autoridad y hasta fingir un enojo por nacer.
—Facundo, vení para acá y no te revuelques en la tierra que ensucias la ropa, no corras que transpiras y te hace mal, no andes con ese palo que te podés pegar y además tiene microbios.
Fue sordo a la primera llamada, resistió la segunda, pero conocedor de los límites a los que podía llegar sin exponer las orejas a algún tirón del cual guardaba seguramente algún recuerdo, agachó la cabeza, su paso fue más lento, como cansado, más triste, hasta lo noté con varios años más de realidad encima. Caminó como si trepara un cerro. Lo peor estaba por venir.
Le alcanzó el celular. Ése no ensucia, no lastima, no te hace transpirar, te tiene aquí cerquita donde te vemos y no corres el riesgo de una rodada con cabalgadura y todo. Tuve la sensación de que se había acabado su fiesta y la seguridad de que se había terminado la mía. Inclinó la cabeza a la pantalla y desapareció. La tarde se puso un poco más gris.
No soñé, pero en el breve insomnio de la madrugada me vino a la memoria aquel Un mundo feliz de Aldous Huxley. Por alguna razón me quedó agarrada a la memoria aquella escena en la que el instructor muestra y explica a los estudiantes cómo se hace para que los niños de la casta Delta aprendan a despreciar y huir de los libros y de las flores. Descargas eléctricas, sonidos estridentes de sirenas, temblor del suelo son sensaciones que quedan asociadas a la experiencia del contacto con los libros y a las flores. Unos son peligrosos porque fomentan el pensamiento crítico y la conexión con el pasado; las rosas son gratis; dos atributos intolerables para una sociedad que sacrifica la libertad, el arte, el pensamiento propio, la comunión con la naturaleza, en favor de un hedonismo superficial. Para la felicidad existe “soma”, la droga distribuida gratuitamente que elimina emociones negativas, dudas o dolores.
Pensé en el morochito del parque y tuve un sueño poco reparador. ¿Para qué un palo de escoba, la arena y las hojas pegadas en la espalda si gratuitamente recibe el celular de la mano de quien cuida de su crecimiento?
Era otro mundo aquél en el que Aldous Huxley imaginó su distopía. Casi me caí de espaldas cuando Google me recordó que la novela fue escrita en 1932. Reaccionaba a otra forma de totalitarismo, pero por algo es un clásico y esa tarde lo vi tan cerquita.
Oscar Geymonat

