A principios de octubre, el gobierno departamental de Rocha declaró “Patrimonio Cultural Inmaterial del Departamento el Lenguaje de los Rochenses”.
Desde hace cuatro años soy rochense de a ratos. Había hecho mía desde mucho antes la respuesta de Montes a Anchorena en el cuento “Un gaucho” de Morosoli: “mi pago es donde yo ando”.
Me asombra y debo confesar que me produce algo parecido a la envidia escuchar a un niño enojado diciendo en plena discusión: “pero déjalo. Escúchalo tú primero. Dile cómo es”. Suena tan natural, tan auténtico, incluso tan eufónico que a veces he tenido que intervenir para que no pase a mayores, pero con cierta risa contenida que me aporta la cuota de ternura necesaria para no echar leña al fuego. Es un decir que acaricia.
No es mérito de nadie, para mí es casi un misterio y lo celebro mucho antes de entenderlo. En la edición de ESTE periódico valdense del último enero le planteé mi perplejidad a Javier Geymonat, que ha investigado estas realidades lingüísticas de fronteras. ¿Cómo se mantiene esta modalidad que uno presume acorralada entre la avalancha que llevamos desde el castellano maltratado del oeste y el portugués del otro lado de la calle? Su primera respuesta está en esa edición y la más desarrollada a la espera de otras conversaciones. Lo cierto es lo cierto. Así hablamos en Rocha.
El decreto departamental no establece acciones en base a este reconocimiento. No me imagino cuáles podrían ser y no tendrían sentido, pero no por eso carece de importancia. Su valoración como parte de nuestro rico patrimonio es hasta necesaria.
Vive allí, no sé cómo, y es parte de la riqueza de una comunidad lingüística que se reconoce en el decir.
Sobrecargados como vivimos de anglicismos inútiles impuestos a fuerza de repetición, frases hechas y neologismos la mayoría de las veces inflados de pretensiones y casi vacíos de novedad, este reconocimiento es como un pequeño manantial de agua fresca al sediento. Rodeados de modismos que buscan imponerse desde pequeños sectores sociales autoproclamados mayorías y sobrejustificados por ellos mismos como la correcta forma de ver la realidad, reconocer ese decir tan genuino, resistente, correcto y para quienes somos rochenses de a ratos, contagioso, es refrescante.
Lo celebro. Lo celebramos. El mundo no cambiará por este decreto, no lo pretende, pero educar para valorar no es un hecho menor.
“En el camino estamos”. Por caminos de Rocha estaba Montes, y nosotros.
Oscar Geymonat



