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No-soy-un-robot

No soy un robot, pero a veces…

Superé satisfactoriamente la prueba y me sentí algo frustrado.

Pude identificar un semáforo y reconocer un paso para peatones sobre la vía del tren en cuestión de segundos. Me quedó clara la nítida diferencia entre esos objetos y un elefante o una estufa a gas. Como premio, Google me reconoció el estatus de ser humano y me permitió seguir el camino hacia su caja de Pandora.

La Columna

Reviví esa sensación casi olvidada de mis tiempos liceales en los que la prueba resultaba desproporcionadamente fácil en comparación con las horas de estudio que le había dedicado y hasta algún insomnio que se llevó sin merecerlo. ¡Con qué poco hubiera alcanzado!

¡Con qué poco me alcanzó para ser genuinamente humano! Si un robot sólo es capaz de hacer eso se lo desecha por inútil. Encontré demasiado bajo el umbral de humanidad. ¿O es que soy demasiado pretensioso teniendo en cuenta nuestra naturaleza? Tengo una tendencia natural a disparar de los extremos. Me parece que la verdad está repartida en pedacitos y entreverada en una madeja que exige mucha paciencia y observación para desenredarla. A veces, muchas, pensamos de nosotros mismos más de lo que debemos pensar, otras nos conformamos con nacer, crecer, reproducirnos y morir para sentir que hemos cumplido con nuestra vocación humana; y si logramos acumular riqueza, hemos triunfado. Hay de todo.

Por otra parte, es cierto que quizás el ser humano sea el único de los seres vivos capaz de los actos de solidaridad y entrega más sublimes y de los de crueldad más aberrantes. Seguramente nadie nos iguala en contradicciones.

Hace tiempo que me da vueltas por la cabeza la sensación de que nuestra principal lucha es la defensa de esa categoría que llamamos humanidad. La defensa de una sensibilidad capaz de horrorizarse con imágenes de guerra, de hambre, de persecuciones, de rebelarse frente a exhibiciones de riqueza absolutamente descomunales en la que se dilapidan recursos vitales en lujos estéticamente discutibles y éticamente deleznables, de ver a quien vive en la calle como parte de nuestra responsabilidad, a la pobreza extrema como manifestación de un fracaso que hay que asumir y no de un destino libremente elegido.  Cada vez las imágenes llegan en más alta definición, pero parece que nos anestesiaran. Duelen cada vez menos. Oímos discursos de odio que justifican la eliminación del otro con una tranquilidad a veces peligrosamente parecida a la aceptación. Nos hemos acostumbrado a la soberbia grandilocuencia de quienes se reparten el mundo como si fuera su merienda, deciden sobre la vida de los demás, determinan qué es ser inteligente y merecer la vida. Nos decimos libres mientras algún algoritmo nos lleva de la nariz. ¿No es un retroceso como humanidad? Por lo menos, no lo vivo como progreso.

Es sábado. Hace días que cargo con el texto del Evangelio que nuestra guía de lecturas bíblicas nos propone para predicar mañana: “…teman más bien a quien puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”. Y me animo a una pregunta que me deja más inquieto todavía. ¿Puede incluso mejorarnos el cuerpo y destruirnos el alma?

Me lo pregunto todos los días y pido a Dios que me libre de la trampa.

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