Oscar-Geymonat

Que nos una el amor y no el espanto – Columnista invitado Oscar Geymonat

«No nos une el amor, sino el espanto» dice Borges refiriéndose a su querida Buenos Aires. Hace días que este verso, solitario y descontextualizado, me ronda por la cabeza. Ninguna responsabilidad tiene don Jorge Luis y con todo derecho hubiese podido enrostrarme mi libertad irrespetuosa.

Pero no puedo dejar que ese verso me ronde por la cabeza por más que su poema vaya por caminos bien distintos que los de mis deshilachados pensamientos de hoy hechos de pura búsqueda y perplejidad.

Nos estamos acostumbrando, peligrosa y mansamente, a la invasión de una retórica violenta, degradante, vejatoria, que busca adhesiones basadas en el insulto y el desprecio mucho antes que en la defensa de razones y propuestas entendidas como justas, válidas, oportunas. Y vienen desde las tribunas más encumbradas.

Miro el mundo por arriba y no veo líderes amados, en todo caso los veo apoyados circunstancialmente, siempre y cuando se declaren enemigos de aquellos destinatarios de un odio común que crece en forma directamente proporcional al desconocimiento. No sé si esa encumbrada retórica persistentemente agresiva permea a la más anónima de las redes sociales y de la cotidianidad más pedestre, o aquellas de los estrados es producto de esta otra que fermenta y sube. Lo cierto es que ha ganado casi todos los espacios.

Tengo muchas veces la sensación de estar envuelto en una insana vorágine que goza con la destrucción ajena, aunque de últimas sea también la propia.

Es como si a las causas de los grandes enfrentamientos, y también las de los otros, no las uniera el amor sino el espanto, lo que podría resumirse en una frase que escuché el otro día: el enemigo de mi enemigo es hoy mi amigo. Y bien remarcado el hoy.

La alianza estratégica no permanece más allá de las circunstancias que la alimentan.

En esta actual retórica de la guerra no hay siquiera un discurso para la tribuna, es todo descarnado, explícito, mezquino hasta para la poesía.

No hay Helena de Troya, divisa ni patria mía por la que dar la vida y quedar en el bronce. No hay madres que reciban con dolido orgullo patriótico el féretro de su hijo envuelto en una bandera. Hay muertos y listo.

Siempre la guerra necesitó ese discurso, porque nadie es tan estúpido como para matar y morir sólo para que otros se enriquezcan. Hay que tener por lo menos un relato que ennoblezca la absurdidad. Entre otras inutilidades como la legalidad, los acuerdos, las declaraciones, los tratados y todos esos estorbos, también se ha eliminado ese inútil y edulcorado discurso de heroicidad y entrega. Hay petróleo, gas, energía, geopolítica, mercados, industria armamentista. Al pan, pan y al vino, vino.

Nunca hubo guerras justas, sí hubo valores más altos a los que echar mano a la hora de justificarlas, muy a medias por supuesto, apenas pobres remiendos. Pero ya no es necesario.

Vivimos humanamente otra derrota entre desaforados gritos de triunfo. Se combate el terrorismo sembrando terror como si apagáramos el fuego con nafta. Y alguien celebra.

Moriré siendo un iluso, no quiero dejar de serlo, no puedo conmigo mismo.

Perder la ilusión sería la más grande de las derrotas. Algunos dicen que la ilusión es una mirada distorsionada de la realidad, como si la realidad no lo estuviera.

Otros dicen que se vincula a la esperanza, hacia el deseo intenso y positivo hacia algo. Quizás no haya contradicción.

Soy tan iluso que creo en la resurrección de aquello que definitivamente ha muerto, creo que los huesos completamente secos que veía el profeta Ezequiel pueden volver a vivir, creo en la paz sepultada en los escombros de los bombardeos. Creo que puede unirnos el amor para enfrentar el espanto. Soy de esos ilusos incurables. Y hay muchos gracias a Dios.-

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