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Sueños propios, pesadillas ajenas

Fue muy breve. Mi carrera futbolística concluyó más o menos a los trece años. Entendámonos bien, trece años de edad, no de trayectoria. Breve pero no decepcionante. Las escasas expectativas que generé como habitante del medio campo de un equipo de baby fútbol en Ombúes de Lavalle hicieron que la frustración de los hinchas no llegara a sentirse. No colgué los botines. Eran los mismos Pampero de ir a la escuela.

Según el director técnico, quienes ocupábamos el banco de suplentes éramos la reserva fundamental para cuando el partido la necesitara. Sospecho que necesitaban esa reserva cuando faltaban diez minutos para terminar siempre y cuando ganáramos por una diferencia tranquilizante.

En una actitud de ensimismamiento más parecido a un trance místico que de atención a un partido de fútbol que tuviera algo que ver con él, le escuché al Cachito Repetto, compañero de banco, revelar el sueño de crear su campeonato propio; ser el dueño de la cancha, de la pelota, poner los horarios, elegir a los contrincantes, desobedecer al técnico a la hora de armar el equipo y hasta sospecho que cobrar penal cuando se le diera la gana y manejar el reloj de acuerdo al apuro que tuviera por el resultado.

Ahí se daría el gusto de mojar la camiseta, gritar varios goles y ser ovacionado por una tribuna soñada. De un sábado al otro casi no teníamos necesidad de lavar el equipo. No había tocado el pasto ni recibido una gota de transpiración.

Lo que llegué a valorar mucho después, muchísimo, tal vez todavía estoy descubriendo, es el peso premonitorio del sueño que dejó escapar casi con vergüenza.

No es el terreno baldío al lado de lo de doña Cachona. Son estadios de millones y millones de dólares. Lo jugadores no recuestan la bicicleta al paraíso o la estacionan en el zanjón del costado. Llegan en vuelos charter cuando no en jets privados, se alojan en hoteles de lujo, patean con calzado de diseño personalizado. No van a buscar la pelota a la huerta de don Serapio que dos por tres nos chista fuerte porque en el fragor de la batalla no tomamos los recaudos de esquivar los almácigos de acelga. Consumen cinco, diez, veinte por partido. No se ve hinchada recostada al alambrado ni con silla de playa, termo, mate y alguna torta frita por si hay alargue. Todo es distinto. Todo, menos el sueño del Cachito Repetto.

Es más, con el tiempo hay quien lo hizo realidad de tal manera que parece mentira.

En el forcejeo por llevar “el Mundial” a su cancha, no es raro que gane el más fuerte. Quien lleva la pelota es el mismo desde 1970. Cambia los modelos, agrega tecnología, consigue mano de obra cada vez más barata allá bien lejos. Ignoro si hay alguna licitación. No me sorprendería que sí y que con absoluta transparencia Adidas la ganara siempre. Dice que el mercado tiene una mano invisible, el asunto es lo que hace con la otra. Los avances en el cuidado de la salud han sido tales que se descubrió que los jugadores necesitan tomar agua. Hubo que fabricar una pausa de hidratación y para no desperdiciar el tiempo ocuparla con publicidad, aunque hay siempre quien piensa si primero fue el huevo o la gallina. Si un equipo no cae simpático se lo hace dormir fuera del país, viajar únicamente para el partido y salir sin peinarse ni bien suena el pitazo final. Se elige al árbitro que se le permite ingresar al país y sobre todo a quien no se le permite. Si el reglamento no es conveniente se borra algún artículo, se llama al presidente de la Federación para que libremente y sin presión decida cambiar una sanción a un jugador, desautorizar al árbitro y pequeñeces por el estilo. Todo festejado por hinchas fakes generadas con IA.

Pero nada garantiza el triunfo, sí el ridículo. Si el Cachito Repetto, habiendo cumplido su sueño quedaba en el banco de suplentes, hubiera sido el hazmerreír de los mocosos del pueblo. Una situación patética como la del grandulón que ni haciendo todo eso y mucho más pudo llegar a cuartos de final. Más bien se fue al final masticando cuatro goles que le enlentecieron la digestión. Creo que pocas veces Bélgica tuvo una hinchada tan multinacional. Hubiera sido una vuelta olímpica planetaria. Me hizo revivir aquella satisfacción adolescente cuando en plena época de control autoritario lográbamos entrar al liceo con el pelo encima del cuello de la camisa. Nos sentíamos ganadores por un ratito.

Me enternece el sueño de Cachito. Él sólo quería jugar, y ganar nos gusta a todos. Estoy seguro que no lo haría pisoteando a los demás, diciendo que el estado era él como aquel rey sol que en un tiempo fue ejemplo de autoritarismo y hoy otras soberbias han eclipsado.

No lo vi más. Seguramente Cachito entendió que hay sueños que no deben cumplirse. Pueden ser pesadillas para otros. Hay quien no quiere entenderlo, lamentablemente.

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