Therians

Therians, mis queridos therians por Oscar Geymonat

Fueron noticia por un ratito. Así es la dinámica de la información, picotear de todo para no saber de nada.

El movimiento therian copó por un par de días los titulares de varios medios. Dio la sensación de que empezaba a existir aunque según parece, y yo ignoraba por completo por supuesto, tiene una historia ya de tres décadas o por ahí. Por un ratito pensamos que iban a ocuparse todas las plazas del país y más allá por estas movidas de jóvenes saltando como un pichicho juguetón o que íbamos a salir a la calle y nos cruzaríamos con máscaras de zorro, cabra, aguilucho y vaya a saber qué otro representante de la fauna de aquí y de allá, que nada de lo suyo nos sería ajeno.

No fue. Seguramente volvieron a su silencio de antes, a sus espacios en las redes sociales y a sus círculos habituales en el mundo que también existe fuera de ellas. Supongo que eso ocurrió. Lo cierto es que verdaderas bestialidades vinieron a quitarles ese fugaz protagonismo en el mundo de la información. Un petrolero ardiendo en el estrecho de Ormuz, o un jovencito trepado a un árbol con una máscara de felino pueden ser tapa de portal informativo sin que llame la atención. La sobreabundancia de información y la falta de análisis, que es la contracara, es capaz de echar por tierra todo atisbo de sorpresa.

Define a nuestro tiempo, y nos define por tanto, una suerte de ignorancia super informada. Y me quedé pensando en aquellos therians. Visto y oído lo que vemos y oímos, me caen simpáticos. No estoy fabricando mi careta, no puedo precisar mi afinidad específica con alguno de los animales que conozco, pero sí, me dan a pensar, y eso no es poco. Como dice un amigo mío: «uno queda pataleando en las arenas movedizas de la perplejidad». Hay quienes sostienen que, como la fiebre de la caza de pokemones que hace unos años, no tantos, fue furor, son experimentos de grandes empresas que miden su capacidad de vigilancia sobre la vida de los mortales como nosotros, de a pie pero posibles consumidores de sus fabricaciones, reproductores de sus eslóganes, obedientes a sus mandatos. Otros sostienen que es una moda juvenil que como tantas pasa como golondrina que no hace verano.

Tiene mucho de eso. También es posible que se mida cuánto tarda una información en llegar de un lugar a otro y volverse verdad sin serlo. Todo eso es posible y mucho más. Para lo inverosímil va quedando cada vez menos espacio.

Me tomo el atrevimiento de pensar también que es una respuesta absurda a un mundo absurdo.

Cuando la esperanza se reduce a un presente condenado a repetirse, cuando los horizontes idealistas se reducen al alcance de las luces de posición, cuando el mundo parece ganado por la demencia y las utopías haber quedado en estado cataléptico, puede golpearse esa realidad saliendo de ella, mostrando mediante el absurdo, el sinsentido de lo que se nos ha vuelto normal y se disfraza de racional y lógica.

Me vino a la memoria aquel poeta rumano cuyo documento de identidad lo nombraba como Samuel Rosenstock pero se hizo conocer con el seudónimo de Tristan Tzara. Fue uno de los fundadores del dadaísmo, un movimiento antiarte que preconizaba la necesidad de crear todo de nuevo. Vivía la Primera Guerra Mundial, ¿qué posibilidades se veían en esa sociedad que había producido muerte y destrucción de esa magnitud? Ni su propio nombre podría ser el mismo.

«Da, da», decía, es el balbuceo de un bebé. Tenemos que aprender desde allí, nuestro lenguaje es caduco e inconducente. No fue el único. Hubo una serie de movimientos que se conocieron como vanguardistas que buscaban una lógica distinta.

Me vino a la memoria el teatro del absurdo, no casualmente en la Segunda Guerra Mundial.

De alguna manera esta «locura» de los therians, ¿no es una pedrada en nuestro parabrisas para despertar del sueño que nos hace perder el camino? No sé. También pataleo en las arenas movedizas de la perplejidad. No aseguro nada y lo pregunto todo.

Me sirvieron para pensar. No es poco, nada poco. Por eso digo, therians, mis queridos therians, posiblemente tan manipulados como todos y mucho menos locos que quienes imponen la cordura de un mundo enloquecido.

Leí en el Evangelio la respuesta de Jesús a Nicodemo: «es necesario nacer de nuevo». ¿Será ésta una búsqueda a tientas de un nuevo nacimiento?

Me lo pregunto.

Tal vez mi pregunta también sea absurda, pero no le hace mal a nadie.-

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