Ema Guilloux Betarte, murió en Juan Lacaze el 28 de enero de 2026
Nacida el 30 de noviembre de 1942, Petty creció en el barrio Charrúa, al ladito del Río de la Plata. Cuesta imaginar aquellos veranos ardientes en ese solar con caminito de flores y árboles que llevaba hasta la retama, donde sus padres cuidaban durante todo el año las orquídeas que el “brasilero” Guilloux había traído de su tierra. De ese paisaje también salió su carácter: inquieto, firme, rebelde cuando hacía falta. Fue revoltosa de niña, como corresponde a quien no vino a quedarse callada.
Defendía causas difíciles y nunca aprendió a mirar para el costado. Puso su energía al servicio de lo que consideró justo y estuvo en primera fila en la asamblea de constitución del Frente Amplio en Juan Lacaze. Leía, discutía, guardaba papeles y publicaciones como quien resguarda memoria viva.
Antes y después de la dictadura, atesoró cada testimonio de su partido como si fueran semillas. Fue mi vecina y una amiga fiel. Paraba la bicicleta para contarme qué pasaba en el mundo, en el pueblo y, si hacía falta, también en mi propia casa. A veces me costaba entender su rigor, su dureza para juzgar ciertas cosas que a mí me resultaban inabarcables.
Con el tiempo comprendí que era parte de su honestidad sin maquillaje. El primer 8 de setiembre que recuerdo tiene su gesto: un tarro forrado en puntillas, con moña y tarjeta que decía “Feliz Día del Periodista”. Aquel dulce de frutillas sigue teniendo sabor en mi memoria.
Estuvo en las luchas gremiales, en las instituciones que precisaban auxilio, en jurados literarios y en cuanto espacio reclamara compromiso. Pero, sobre todo, estuvo en la vida cotidiana de muchos de nosotros, con su presencia alerta y su palabra directa.
Hoy la siento cerca, mirándome con sus ojos claros. Fue Ema, fue Petty, y es la ausencia que ahora duele. A su hija Selena, a sus compañeros, camaradas y amigos, llegue mi abrazo sincero. No estará físicamente, pero en más de un gesto, en más de una mirada, volverá a aparecer, como regresan las huellas queridas que no se borran.
Silvia Rodríguez Guerreroa



