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Socrates

Ayer te vi – Oscar Geymonat

En su columna Ayer te vi, Oscar Geymonat reflexiona sobre la vigencia del pensamiento socrático en tiempos dominados por certezas algorítmicas y verdades absolutas. A partir de una escena simbólica —la estatua de Sócrates acordonada frente a la Biblioteca Nacional— el autor traza un paralelismo entre la condena del filósofo en la Atenas del 399 a.C. y las democracias actuales, cada vez más temerosas de la duda y el cuestionamiento.
La mayéutica, entendida como el arte de preguntar y asistir en el nacimiento de nuevas ideas, se presenta como un método incómodo pero imprescindible frente a la sobreabundancia de información y la escasez de comprensión. Geymonat advierte que sin preguntas, la democracia corre el riesgo de degradarse en retórica vacía, demagogia o tiranía.

El texto invita a recuperar la capacidad de cuestionar, de reconocer que “sólo sabemos que no sabemos nada”, y a valorar la ironía de que Sócrates siga siendo considerado un “peligro” en pleno siglo XXI.

Él estaba con la expresión de siempre. No voy a decir que yo tenía el rostro cansado de tanto llorar, pero me adiviné un rictus de desconcierto y cierta tristeza cuando la vi.

La estatua de Sócrates frente a la Biblioteca Nacional rodeada de una cinta que advierte el peligro de acercarse, más que la tarea preventiva de un trabajador de la construcción, me pareció un guiño cargado de cierta ironía trágica. Antes que casual, la escena parece pergeñada por “el guionista de Dios” como dice un comunicador radial por estos días y desde hace unos cuantos. Muchas veces pienso que alguien desde más arriba nos toma el pelo, le pone una cuota de humor pensante a nuestra cotidianeidad aplastada por la costumbre.

En el año 399 a.C, a Sócrates en Atenas se le obligó a beber la cicuta. Había cometido la imprudencia de no aceptar el exilio ni renunciar a su pensamiento. El tribunal consideró que acercarse a él era un peligro para una democracia débil, temerosa, necesitada de seguridades. Su método de enseñanza, con la pregunta como protagonista, amenazaba algunas sostenidas por el peso de la repetición. Debían mantenerse a salvo de todo peligro de cuestionamiento. Se lo acusó de pervertir a la juventud e introducir ideas religiosas extrañas, acusaciones nada novedosas ni envejecidas.

Verlo ahora acordonado y con advertencias de no acercarse como si se tratara de un leproso de relatos bíblicos, me generó un cierto escalofrío.

Vivimos tiempos en los que la mayéutica es un ejercicio degradado por las certezas algorítmicas. Llamamos inteligencia a almacenamientos descomunales de memoria que saben responder lo que les han enseñado y lo devuelven cada vez que se lo requiere con una obediencia tan convencida y convincente como lejos está de cualquier atisbo de autocuestionamiento. Maravillosa posibilidad de tener al alcance de una tecla la información que hubiese sido imposible conseguir de otra manera, pero para ser inteligencia le falta algo que Sócrates enseñaba: preguntar, cuestionar, dudar, reconocer que en definitiva sólo sabemos que no sabemos nada.

Vivimos tiempos en los que verdades tan precarias como todas las humanas, se propalan con tal pretensión de grandeza mesiánica que vuelven herejía condenable la más mínima pregunta sobre su validez.

Vivimos tiempos en los que la emotividad ha acaparado gran parte del territorio que corresponde a la razón, la legalidad cede espacio a prácticas autoritarias cuya pertinencia autodeterminada considera la menor duda sobre ella un acto de traición.

Vivimos tiempos en los que preguntar si el destino manifiesto no es una forma de autoproclamarse dueño del mundo, puede llegar a considerarse un acto de rebelión. Vivimos tiempos de obligadas opciones que no son tales y terceras posibilidades excluidas en nombre de un realismo que parece ser última palabra.

Sócrates sostenía que una democracia, en la cual las decisiones se toman en base a la retórica y no a la razón, corre riesgo de volverse demagogia o tiranía. Con razón lo encierra una cinta que advierte un peligro.

La mayéutica, el método filosófico con el cual lo identificamos, consiste en aprender a preguntar, a preguntarse, a hacer caminos propios de comprensión lo más libre de condicionamientos que sea posible. La etimología de la palabra remite al arte de asistir en los partos. Se vincula al nacimiento, a lo que aún no se conoce. Las respuestas dadas al estilo del viejo método catequético más que responder anulan el valor de la pregunta. El método es viejo, pero no pasado de moda. La pregunta apunta hacia la búsqueda de lo que falta por saber, que es casi todo. Toda respuesta será siempre precaria y es valiosa cuando abre muchas más preguntas de las que da por satisfechas.

En tiempos en los que sobreabunda la información y escasea la comprensión, Sócrates es una figura incómoda, desubicada, distópica y absolutamente necesaria.

Después de todo la cinta que advierte de su peligro le da un realce que la costumbre de verlo allí le fue sacando. Busquémosle el lado amable. Tal vez es como pienso, alguien de más arriba, con buen sentido del humor, nos va tirando algunos piques para que nos pongamos a pensar. Mal no nos hace.


 

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