La-Columna-Ninez

Día del libro, así en mayo como en abril – 24 de abril 2026

El 23 de abril de 1616, ignorándose mutuamente, murieron William Shakespeare, Miguel de Cervantes y Gómez Suárez de Figueroa, conocido como el Inca Garcilaso de la Vega. No fue un impacto informativo como podría ser hoy la muerte de tres premios Nobel el mismo día, pero la fecha se volvió significativa. En 1995, la UNESCO la denominó Día Internacional del Libro.
El 26 de mayo de 1816 en Uruguay se crea la primera biblioteca pública a instancias del sacerdote católica Dámaso Antonio Larrañaga. Por eso se celebra el Día Nacional del Libro.
El libro ocupa desde históricamente un lugar fundamental en la cultura humana. La tecnología ha modificado al libro, y le ha dado vida, desde los pergaminos al e book.
Tienen una vida capaz de darnos vida.

Tuve una niñez lectora, pero de pocos libros. Los leíamos hasta de canto. Mi hermano le leía cuentos a la abuela con la luz apagada. Más de una vez seguro que inventaba un final o creaba un personaje, porque quien lee, crea, escribe, imagina, inventa; no saca fotocopias mentales.

Entre historietas de Patoruzú, personajes de Walt Disney, Hanna y Barbera, incansables justicieros como El llanero Solitario, Batman, Superman o el hombre araña que todavía no se llamaba spider man, Hijitus y los pobladores de Trulalá, había en aquella valijita de madera cuentos para niños de León Tolstoi, Oganga, la vida de Albert Schweitzer, episodios de la Biblia. Y podría seguir. Cuánto debo agradecer la riqueza de aquel caos. Los leíamos sin orden ni jerarquía, con genuina irreverencia frente a los clásicos y ninguna noción de sacralidad. Gracias a Dios tuvimos vida y tiempo para otros análisis y relecturas, que no hubieran sido posibles sin esa libertad.

En ese tiempo los algoritmos no convivían con nosotros ni nos llevaban de la nariz, la valijita daba lo que tenía, era poco, muy poco, pero nos respetaba la libertad de decidir si leíamos a Los Picapiedras o alguna discusión de Jesús con los maestros de la ley. Hasta podíamos hacer algún ejercicio de literatura comparada sin tener la menor idea de que otros se estaban quemando las pestañas en tales menesteres.

Tenía 19 años cuando me paré en la puerta de la librería Sureda de Montevideo en Arenal Grande y Rodó. Vi lo que muestra la foto, una señora de edad incalculable, con ese mismo guardapolvo detrás de una montaña de libros como nunca había imaginado. Supe mucho después que se llamaba Susana Sureda, que su padre había abierto la librería en 1923 y que ella nació en ese mundo que fue su vida. La librería Sureda llegó a cumplir cien años y bajó la cortina.

Yo llevaba mi lista para empezar las clases en el IPA. Me pareció tan minúscula que la leía con una timidez tremenda. Ella, con una seguridad que desalentaba cualquier duda, me iba diciendo que no lo tenía o, sí, fue un libro que publicó la editorial tal en tal año pero está agotado, o a ése sí lo tenemos, pero tendrías que pasar el viernes porque está en una pila en el piso de arriba y me lleva un buen rato encontrarlo, pero sí, está. Pasaba el viernes con la sospecha de que hubiera olvidado que ya estaba vendido, pero allí lo tenía en el mostrador esperándome. Increíble. Llegó a contarme alguna historia de la adquisición de un libro, a quién había pertenecido, en qué momento se lo vendió, o lo canjeó, o se lo dio. Eran libros con vida.

En algunos lugares les llaman librerías de viejo, de usados es lo más común, de leídos he visto más modernamente tratando de rescatar que un libro no es un objeto que se usa y se descarta, tampoco envejece, vuelve a vivir cada vez que se lo lee. Siguen ejerciendo sobre mí, y sobre muchos, una fascinación que se siente más de lo que se explica. Hay algo que las distingue de los supermercados de libros, conservan la pasión que las ha creado y muchas veces ese hermoso desorden totalmente ordenado que parece ser una libre invitación.

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