Recuerdo un hombre que oró mucho tiempo para que Dios sanara a su esposa, pero el cáncer avanzó tal como los especialistas advirtieron y finalmente falleció. Como era hombre de auténtica fe, siguió orando y leyendo la Biblia buscando una explicación, hasta que una mañana vio lo que siempre estuvo allí, pero que no había asimilado: «Dios enjugará las lágrimas de los ojos de ellos, y ya no habrá muerte, ni más llanto, ni más lamento ni dolor» Apocalipsis 21:4. El hombre comprendió la respuesta: su esposa ya estaba sana y gozando de estar en presencia de Dios.
Pablo también lo comprendió. Llevaba una vida repleta de sufrimiento, torturas, hambre, peligro y cárceles por causa de servir a Dios. ¡Lindo premio podríamos pensar! Pero Pablo escribió: «Cristo será magnificado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte. Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Tengo el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor» Filipenses 1:20-23.
Cuando éramos niños, no entendíamos algunas ideas de nuestros padres y a veces nos enojábamos. Hoy, grandes ya, nos enojamos con Dios por no actuar como nosotros pensamos: por qué no sana, por qué no pone fin a las guerras, las hambrunas y al sufrimiento de los niños. Pero la respuesta está ahí; Adán y Eva desobedecieron a Dios y vinieron consecuencias. Tú y yo pecamos y hay consecuencias.
«La paga que da el pecado es la muerte, pero el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús» Romanos 6:23. Este regalo “en Cristo” significó la muerte de Cristo en la cruz: terrible tortura, absoluta injusticia. Experimentó su cruda realidad para liberarnos a nosotros – no una sanidad por cinco o diez años, sino la salvación perfecta para siempre. Es un regalo. ¿Lo aceptarás?




